Altos edificios y diarias concurrencias masivas. Ruedas por doquier y pocos árboles. Es con esta cara que la ciudad de Santiago se presenta al que poco busca y sólo observa. Tiendas y multi-tiendas, grises postes que alumbran con sus amarillas ampolletas cuando la noche comienza a tomar las calles de la urbe. Quizás sea la palabra “monotonía” la primera que tu mente sugiere para definir este lugar.
El telón de fondo de la capital es la historia que se cuenta y se sigue contando, dejando permanentemente un final inconcluso y abierto para el que quiera aportar con sus ideas, pensamientos, emociones y acciones. La anteriormente mencionada, historia, se encuentra en cada respiro de la trabajadora o el trabajador camino a su hogar como en las variadas construcciones que componen las calles y avenidas de este gran espacio. “Lord Cochrane” y sus recurrentes adoquines que visten el barrio elegantemente para una captura fotográfica de un joven de camisa a cuadros un domingo por la tarde. “Club Hípico” y su sede del mismo nombre, que el sismo de febrero violó la privacidad, desmayando sus muros que vieron caer y levantarse a cientos de ciudadanos. “Balmaceda” y su compañero, el parque, que inicia sus prados desde la retaguardia de una Estación Mapocho que mira de reojo a su tocayo: el río. El Cerro San Cristóbal y su gota de naturaleza sureña que encanta a cada ser que pisa sus hojas secas en cada estación del año.
Como se ha sabido a lo largo del tiempo, este un núcleo urbano lleno de contrastes y extremos. Los amores y desamores, el trabajo y la pobreza, la energía y el agotamiento, el estudio y la ignorancia, la violencia y el cariño. Ciudad precisa para que las mentes de la Región Metropolitana se dispongan para transformar algunas horas, minutos y segundos de un día en la producción del ensayo del joven, la canción del metalero y el punk, el libro con las memorias del intelectual, las fotografías del viajero y las pinturas del artista.
Los cerebros se encuentran agotados pero complacidos, con la necesidad de una detención que se puede reflejar en el cigarro y el café a eso de las 18 horas en una mesa del rincón del café “Boa”. Luego, la cerveza de la amistad en el bar “Entrelatas” a eso de las 22:30 en la mismas sillas, para luego dar rienda suelta al camino a casa y arribar a la cama para el descanso merecido, para al siguiente día poder seguir con un nuevo final inconcluso y abierto en la historia del centro de Santiago de Chile.
El telón de fondo de la capital es la historia que se cuenta y se sigue contando, dejando permanentemente un final inconcluso y abierto para el que quiera aportar con sus ideas, pensamientos, emociones y acciones. La anteriormente mencionada, historia, se encuentra en cada respiro de la trabajadora o el trabajador camino a su hogar como en las variadas construcciones que componen las calles y avenidas de este gran espacio. “Lord Cochrane” y sus recurrentes adoquines que visten el barrio elegantemente para una captura fotográfica de un joven de camisa a cuadros un domingo por la tarde. “Club Hípico” y su sede del mismo nombre, que el sismo de febrero violó la privacidad, desmayando sus muros que vieron caer y levantarse a cientos de ciudadanos. “Balmaceda” y su compañero, el parque, que inicia sus prados desde la retaguardia de una Estación Mapocho que mira de reojo a su tocayo: el río. El Cerro San Cristóbal y su gota de naturaleza sureña que encanta a cada ser que pisa sus hojas secas en cada estación del año.
Como se ha sabido a lo largo del tiempo, este un núcleo urbano lleno de contrastes y extremos. Los amores y desamores, el trabajo y la pobreza, la energía y el agotamiento, el estudio y la ignorancia, la violencia y el cariño. Ciudad precisa para que las mentes de la Región Metropolitana se dispongan para transformar algunas horas, minutos y segundos de un día en la producción del ensayo del joven, la canción del metalero y el punk, el libro con las memorias del intelectual, las fotografías del viajero y las pinturas del artista.
Los cerebros se encuentran agotados pero complacidos, con la necesidad de una detención que se puede reflejar en el cigarro y el café a eso de las 18 horas en una mesa del rincón del café “Boa”. Luego, la cerveza de la amistad en el bar “Entrelatas” a eso de las 22:30 en la mismas sillas, para luego dar rienda suelta al camino a casa y arribar a la cama para el descanso merecido, para al siguiente día poder seguir con un nuevo final inconcluso y abierto en la historia del centro de Santiago de Chile.

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